Murió el hombre que ayudó a construir la maquinaria de vigilancia que ha sostenido a la Revolución durante seis décadas. Ramiro Valdés Menéndez, Comandante de la Revolución y fundador de la Seguridad del Estado cubana, falleció el 21 de junio de 2026 en La Habana, a los 94 años.
Se va uno de los últimos "históricos", de los que asaltaron el Moncada y desembarcaron del Granma. Y se va en una Cuba de apagones, crisis económica y presos políticos, apenas tres días después de que el régimen anunciara su mayor reforma económica en décadas.
El poder lo despide como héroe. Pero su nombre está atado, para buena parte de los cubanos, al miedo: fue el hombre que llamó a internet "un potro salvaje" que había que domar.
Cómo y cuándo murió Ramiro Valdés

La dirección del Partido, el Estado y el Gobierno anunciaron su muerte la mañana del domingo 21 de junio, en una nota difundida por la prensa oficial que lo despidió como Héroe de la República y le atribuyó una "brillante hoja de servicios", según publicó Granma.
El régimen no precisó la causa del fallecimiento. La prensa española apuntó que llevaba meses gravemente enfermo e ingresado en un centro médico de La Habana, aunque no hubo parte oficial que lo confirmara.
Tenía 94 años: había nacido en Artemisa el 28 de abril de 1932, como recordó El País.
Miguel Díaz-Canel reaccionó de inmediato en redes. Dijo que la partida del comandante "duele profundamente, como la de un padre" y la cerró con un "Hasta la victoria siempre".
El Gobierno declaró duelo oficial. Al cierre de esta información, sin embargo, no se habían detallado públicamente el formato del sepelio ni los actos de homenaje, algo habitual en figuras de su rango.
Quién era Ramiro Valdés: del Moncada al poder en La Habana
| Año | Hito |
|---|---|
| 1932 | Nace en Artemisa |
| 1953 | Asalto al Cuartel Moncada |
| 1956 | Expedicionario del yate Granma |
| 1961–1968 | Ministro del Interior (1.ª etapa); jefe de la Seguridad del Estado |
| 1976 | Comandante de la Revolución |
| 1979–1985 | Ministro del Interior (2.ª etapa) |
| 2009 | Vicepresidente del Consejo de Estado |
| 2019 | Vice primer ministro |
| 2026 | Fallece en La Habana a los 94 años |
Valdés pertenecía al núcleo fundador del castrismo. Participó en el asalto al Cuartel Moncada en 1953, viajó en el yate Granma en 1956 y combatió después en la Sierra Maestra, según su perfil en el centro de estudios CIDOB.
Llegó a comandante en el Ejército Rebelde y participó en la ofensiva final contra Batista, en operaciones coordinadas con la columna del Che Guevara en el centro de la isla.
En 1976 recibió el título de Comandante de la Revolución, la máxima distinción política y militar del régimen, reservada a un puñado de dirigentes históricos. Con su muerte, solo Raúl Castro conserva ya ese grado.
Su biografía es la del propio mito fundacional. Estuvo en casi todos los hitos armados de la insurrección contra Fulgencio Batista, lo que lo convirtió, junto a Raúl Castro, en uno de los últimos "barbudos" que seguían en los más altos escalones del poder seis décadas después.
Su trayectoria, sin embargo, no fue lineal. En los años ochenta perdió influencia y quedó apartado del primer círculo, tras desacuerdos con Fidel Castro, aunque mantuvo cargos económicos y regionales. Volvió al núcleo duro en la década de 2000, llamado por Raúl Castro, que lo devolvió a posiciones estratégicas.
El arquitecto de la Seguridad del Estado

Su verdadero poder no estuvo en el campo de batalla, sino en el control. Tras 1959 fue el primer jefe de la Seguridad del Estado y dos veces ministro del Interior, entre 1961 y 1968 y de nuevo entre 1979 y 1985.
De esos cargos dependían la policía política, los servicios de inteligencia y contrainteligencia y las cárceles. Diversos medios lo describen como el fundador del G2, el aparato de inteligencia que vigila a la disidencia, como recuerda la BBC.
Bajo ese aparato se consolidó un sistema de control que llegaba hasta cada esquina. Los Comités de Defensa de la Revolución, organizados manzana a manzana, convirtieron la vigilancia entre vecinos en una pieza central del modelo, un engranaje que el exilio asocia directamente a su gestión.
Pese a su poder, fue una figura esquiva. Apenas aparecía en público y casi nunca hablaba con la prensa, un perfil de bajo ruido que encajaba con el mundo de los servicios de inteligencia en el que se movió toda su vida.
Después ocupó cargos de primer nivel: viceministro de las Fuerzas Armadas, vicepresidente del Consejo de Estado desde 2009, vice primer ministro y ministro de Informática y Comunicaciones.
Desde esa última cartera gestionó el desarrollo, y sobre todo el control, de internet en la isla. En 2007 dejó la frase que lo retrata: internet era un "potro salvaje" que el Estado debía domar, dicha cuando el régimen temía el efecto político de la red.
Esa visión se tradujo en hechos. Durante años, Cuba mantuvo uno de los accesos a internet más caros, lentos y vigilados del mundo, y el despliegue de las telecomunicaciones se hizo de la mano de socios como China, con una lógica de control que el régimen nunca disimuló.

El expediente que el adiós oficial no menciona
La nota oficial habla de una "brillante hoja de servicios". No menciona la otra cara: seis décadas de un aparato represivo que él ayudó a levantar y a dirigir.
Lo estructural está confirmado por las propias fichas oficiales: encabezó la Seguridad del Estado y el Ministerio del Interior, de los que dependen la vigilancia, los interrogatorios y las prisiones del país.
Los organismos de derechos humanos documentan el patrón. Human Rights Watch abre su Informe Mundial 2026 sobre la isla con una frase tajante: «el gobierno continúa reprimiendo y castigando la disidencia y las críticas públicas». El informe recuerda las detenciones arbitrarias y los malos tratos en las cárceles, y que cientos de manifestantes del 11 de julio de 2021 siguen presos, algunos con condenas de hasta 22 años. Por su parte, Amnistía Internacional señala al Ministerio del Interior y a la Seguridad del Estado como responsables directos de la persecución de opositores, periodistas independientes y activistas.
Los obituarios críticos del exilio van más lejos y le atribuyen un papel personal en los episodios más negros: las campañas contra las guerrillas del Escambray, la expansión de los Comités de Defensa de la Revolución, los campos de trabajo forzado de la UMAP en los años sesenta y los actos de repudio como herramienta de control social. Son señalamientos del periodismo independiente y de las víctimas, no sentencias judiciales.
Entre esos episodios, la UMAP ocupa un lugar propio: campos donde, a mediados de los años sesenta, fueron internados religiosos, homosexuales y jóvenes considerados desafectos. La persecución de creyentes, intelectuales críticos y opositores marcó las décadas en que Valdés tuvo el aparato de seguridad bajo su control.
A diferencia de otros jerarcas del régimen, no constan sanciones internacionales personales contra él, más allá de las medidas generales contra las instituciones cubanas.
El telón de fondo de su legado sigue vigente: Prisoners Defenders cifró en 1.281 los presos políticos en Cuba al cierre de mayo de 2026, un récord histórico, según su informe mensual.
Cuba, Venezuela y la exportación del control
Su influencia cruzó el Caribe. Valdés fue una pieza de la cooperación entre La Habana y la Venezuela chavista en materia de seguridad, inteligencia e infraestructuras estratégicas.
En 2010 viajó a Caracas al frente de una comisión técnica para abordar la crisis energética venezolana, una misión que la oposición denunció como injerencia cubana, según informó la BBC.
No fue un viaje aislado. Valdés acudió a Caracas en varias ocasiones para revisar y ampliar la cooperación bilateral, en un periodo en que La Habana tejió con el chavismo una alianza que abarcó energía, inteligencia y seguridad, y que para muchos analistas explica buena parte de la deriva autoritaria venezolana.
Para sus críticos, ese trasvase resume el modelo: Cuba exportando a sus aliados el "saber hacer" en seguridad e inteligencia que Valdés contribuyó a perfeccionar en la isla.
Un histórico que muere con el modelo en crisis

ANÁLISIS
La muerte de Valdés no es solo la de un hombre. Es la del penúltimo eslabón vivo de la generación que tomó el poder en 1959 y la fundió con el aparato de seguridad.
Y llega en el peor momento para el régimen: con apagones de más de veinte horas en algunas zonas, la contracción económica más profunda de la región y un éxodo que no se detiene. Apenas tres días antes, el Gobierno había presentado su paquete de 176 medidas, un ajuste económico sin apertura política.
El relato oficial lo canoniza como héroe hasta el final. La lectura desde fuera es otra: se va el arquitecto del miedo mientras el país que ayudó a controlar se cae a pedazos.
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¿Qué cambia para los cubanos de dentro y de fuera?
Qué cambia en el poder real
Poco y mucho a la vez. Poco, porque el aparato no depende de un solo hombre: los patrones de detenciones, juicios sin garantías y persecución del periodismo independiente siguen su curso.
Mucho, porque el relevo biológico de los "históricos" deja al régimen sin sus símbolos fundacionales, sostenido ya solo por cuadros más jóvenes y por la inercia del Estado.
Su figura encarnaba además una continuidad con 1959 que ningún cuadro joven puede heredar. El régimen pierde un emblema, pero conserva intacto el método: el mismo que Valdés ayudó a diseñar y que hoy mantiene a más de mil personas presas por motivos políticos.
Qué significa para la diáspora
Para el exilio cubano, sobre todo en Miami y en Madrid, su muerte tiene una carga simbólica fuerte: desaparece el hombre asociado a los encarcelamientos, la vigilancia y el cerco informativo que empujó a miles de cubanos a marcharse.
Que los "históricos" desaparezcan mientras se agrava la crisis refuerza, para los cubanos de Estados Unidos y España, la imagen de un régimen agotado generacionalmente pero todavía resistente, con efectos directos en la migración, la reunificación familiar y el debate sobre una eventual transición.





